Aprender a vivir y a morir en el Antropoceno

Estamos ante un ensayo distinto. Con el título eso queda claro. Errata naturae editores nos presenta las reflexiones de Roy Scranton. Éste, el autor, es profesor de Escritura Creativa y Literatura de Naturaleza en la Universidad de Notre Dame de Indiana y, a lo largo del libro, utiliza la literatura científica relativa a los cambios en el clima y su influencia en las actividades humanas para sacar consecuencias acerca de qué debemos hacer ante el inevitable cambio climático. La respuesta es muy sencilla de enunciar: asumir que nuestra forma de vida ya ha muerto. Pero las propuestas son, definitivamente, mucho más difíciles.

 

 

Este libro es urgente en el sentido de que no se anda por las ramas. Ya en la introducción anuncia la tesis principal y sobre ella construye el resto de ideas que quiere transmitir. Esta tesis es la que se ha mencionado anteriormente. No importa lo que hagamos, nuestra civilización ya está muerta. Quizás aguante un par de siglos más, quizás no tanto, pero ya ha llegado a su fin. Lo único que podemos hacer es adaptarnos a aquello nuevo que vendrá. Debemos «aprender a morir como civilización» y deshacernos de nuestra forma de entender la vida social, la riqueza y los ideales asociados a ésta.

El primer capítulo Ecologías humanas hace una síntesis maravillosa de los cambios en los tipos de energía usados por nuestra especie, en su obtención, y en cuáles han sido sus implicaciones sociales, políticas y medioambientales. Durante la mayor parte de nuestra vida como especie la temperatura media de la Tierra no ha superado los 16º C de media. Esto ha permitido una vida en condiciones muy favorables para nuestra especie, aunque también glaciaciones que han hecho todo más interesante. La forma de obtener energía era a través de las capacidades motrices del ser humano o de los animales (una cuestión a investigar es lo imprescindible que ha sido la explotación de los animales en las primeras formas de capitalismo), a través del aprovechamiento de la energía cinética del viento o las corrientes de agua, o la combustión de distintos materiales para producir calor (como en chimeneas, cocinas, calderas o fundiciones).
Todo cambia a partir de que los seres humanos descubrimos cómo obtener energía de combustibles basados en el carbono y aplicar esta energía a la producción de otros bienes. Y sí, utilizar el calor para fundir metales es algo que sabemos hacer como especie desde hace unos siete mil años, pero utilizar el calor obtenido de la combustión del carbón para hacer hervir agua y aprovechar el vapor para que éste mueva una maquina de coser es algo bastante más complicado. Es algo que hasta el último tercio del siglo XVIII no se consigue eficientemente (es decir, hasta hace unos doscientos cincuenta años, más o menos).
A partir de aquí comenzamos a emitir carbono a la atmósfera al quemarlo, potenciando el efecto invernadero y produciendo una subida constante de la temperatura media de la Tierra. Cuando la Tierra, en vez de los 16º C dichos anteriormente, tuvo una temperatura situada entre los 11º y los 13º C de media, entonces los hielos llegaban hasta prácticamente Madrid y Barcelona (en el libro hace cita a Chicago y Nueva York, pero la latitud es similar). Si vemos el fenómeno al contrario, teniendo una temperatura planetaria media de entre 19º y 21º C, entonces nos encontraríamos con un deshielo casi total de los glaciares, con fenómenos meteorológicos fuertísimos e impredecibles y la pérdida estival del hielo del Ártico.
El mecanismo básico del funcionamiento del clima es la dinámica del aire. Este pierde presión al ganar temperatura y gana presión al perder temperatura (de manera muy básica, hay más factores). Al perder presión admite mayor cantidad de vapor de agua (un vapor de agua que aparecerá más abundantemente porque al aumentar la temperatura aumenta también la evaporación) y, por tanto, las precipitaciones pueden ser mayores. Y, desde un clima mediterráneo esto puede no sonar demasiado mal, hasta que aparece una DANA. Porque una DANA se produce cuando el aire contiene una gran cantidad de humedad (y más cosas, pero hagámoslo sencillo). Es decir, que con el aumento de las temperaturas se producirán más DANA y de mayor violencia. Pero ahora pensémoslo de otra forma. Una DANA es un monzón pequeño. Estos monzones (que llegan en otoño cada año al Sudeste asiático) también aumentarán su frecuencia y violencia, por lo que los daños y los fallecimientos en estos países se incrementarán. Y, viéndolo de otra forma, hay zonas del planeta (las zonas cercanas al desierto de Atacama, en Chile) donde se produce el fenómeno del Niño, que es un aumento generalizado de la temperatura del océano que produce abundantes lluvias en la costa americana (de todo el continente americano) a la vez que causa sequías en Asia y Oceanía. Por lo que estas zonas sufrirían una aridez cada vez mayor que podría traducirse en su desertización, mientras que en las otras lloverá tanto que afectará a, y en ocasiones destruirá, la vida de las personas.
El capítulo termina afirmando que nuestra especie ha prosperado en un intervalo climático estable, pero esa estabilidad ya ha terminado, y nosotros le hemos puesto fin.

Roy Scranton


El problema que tenemos ante nosotros no es nada sencillo de abordar. Desde 1895 se planteó que un aumento del CO2 de la atmósfera implicaría el aumento de las temperaturas, y en las décadas de 1950 (curva de Keeling) y 1960 aumentaron los estudios sobre los efectos de la contaminación industrial en el clima. En 1980 ya había consenso científico acerca del cambio climático causado por el ser humano. Este cambio climático se debe, como se ha explicado antes, al aumento de la temperatura media de la Tierra. Esto ocurre por el aumento de gases de efecto invernadero, entre ellos, el CO2. Éste (y otros), dificulta que la radiación que llega a la Tierra se refleje y vuelva al espacio. Y, a mayor radiación, mayor calor.
La solución, entonces, parece simple: dejemos, desde ya, de verter
CO2 a la atmósfera. Desde el día en que se publique esta entrada, estará prohibido usar combustibles fósiles, estará prohibido criar vacas de manera intensiva y estará prohibido quemar cualquier tipo de sustancia, aunque sea para calentarse en invierno y esa sustancia sea simple madera. Suponiendo que esto fuese viable, que no lo es y de ello nos advierte el autor, automáticamente entraríamos en una recesión cuyo fin sería imposible de calcular. Sería volver a antes del siglo XVIII, pero con una Tierra que, aún así, padecería durante algunos siglos los efectos del cambio climático.
Ante esto sólo nos queda el escenario de la mitigación, es decir, de la reducción paulatina de emisiones de gases de efecto invernadero. Para esto podríamos utilizar las renovables, pero el problema es que estos recursos no están repartidos de manera pareja y algunas regiones estarían en constante déficit energético, necesitando que otras se la suministren. De todas formas, el principal problema de las renovables es que no han llegado, ni se espera que lleguen inmediatamente, al nivel de producción energética de los combustibles basados en el carbono.
Otra opción es la utilización de energía nuclear. El problema aquí radica en que es imposible construir las centrales nucleares de fisión (las de fusión aún no están desarrolladas ni se las espera) en tan poco tiempo. Otro gran problema es qué hacer con los residuos. Otro, que no aparece en el ensayo, es que los minerales necesarios para este tipo de energía no están disponibles en todas las zonas del planeta y sería necesario seguir emitiendo
CO2 para extraer, transportar y refinar estos minerales. Finalmente, el menos importante por ser el menos probable es el riesgo de accidente.
Se ha planteado también establecer una tasa (impuesto) a los países o empresas por emisión de carbono. Aquí la dificultad es establecer un monto adecuado y que la competencia entre países y empresas garantiza la deshonestidad
Otra posibilidad es la captura de
CO2, pero es imposible desarrollarla antes de 2050, demasiado tarde para lo que necesitamos.
Si todo esto no fuese suficiente, todos los países deben actuar a la vez, puesto que de no hacerlo, además de no servir de nada, se crearían desigualdades que serían explotadas por terceros o generaría conflictos dentro del propio país. Pero quizás el que todos los países confíen unos en otros es posible, ya ha pasado antes, ¿verdad?

El diseño gráfico es mi pasión

Así llegamos al tercer capítulo, el cual explora las acciones políticas llevadas a cabo frente al problema. De manera muy resumida lo que afirma el autor es que no hay solución. Por un lado, la deslocalización de las instalaciones de producción de energía hacen inviable la protesta al estilo de los mineros de carbón de Inglaterra en los ochenta. Simplemente se puede obtener la energía de otra fuentes o de otras instalaciones.
El autor cita una protesta contra el cambio climático (la Marcha por el Clima de Nueva York, en 2009), la Cumbre del Clima de Nueva York y otras reuniones para mostrar que, por un lado, los manifestantes no tenían fuerza ni coordinación suficientes como para hegemonizar sus posturas y hacer que los dirigentes mundiales las tuvieran en cuenta. Pero es que, además de la cumbre organizada por las Naciones Unidas, unos días después tuvo lugar una reunión de la IETA (International Emissions Trading Association; Asociación Internacional de Comercio de Emisiones), un actor principal a la hora de regular la tasa por las emisiones de carbono. Según el autor, estos empresarios y yuppies tampoco saben cómo abordar el problema del cambio climático desde el marco del capitalismo y la sobreproducción.
Una nota curiosa en este capítulo es que el autor, entre los sentimientos que le provocó la Marcha por el Clima, en la que él mismo participó, es la culpa. Es una cuestión interesante que alguien sienta culpa por hacerlo lo mejor que puede. Pero de eso hablo en las conclusiones.

El cuarto capítulo intenta explicar por qué ya no hay movilizaciones como las de antes. Propone varios ejemplos, como las huelgas obreras que pretendían obtener un mayor control sobre la producción de lo que fuese y la lucha por los derechos de los afroamericanos. Aquí es donde creo que se evidencian más las carencias teóricas del autor. Aunque su perspectiva es anticapitalista, o, al menos, de superación del capitalismo, no llega a darse cuenta de las implicaciones del sistema productivo en la organización de la sociedad. Cita las redes sociales y sus algoritmos como una forma de desmovilización, pero no cae en las políticas represivas directas de todos los gobiernos (véase, y esto fue bastante suave, lo ocurrido en las protestas contra la cumbre de la OMC en Seattle en 1999; lo triste es que sí las cita, pero de pasada), no ve que hay un juego de intereses en los poderosos para mantener el capitalismo a pesar del cambio climático, no ve (aunque algo intuye) como se favorece la desmovilización y la individualización deslegitimando todo movimiento colectivo. Su propuesta es retirarse a pensar (dos años antes que Pedro Sánchez). El papel de las personas con estudios o perspectiva es dejar de participar en la distracción masiva y proponer soluciones y acciones desde fuera de la vida del común de las personas.

El capítulo final abunda en el final del anterior, abogando por la utilización de todos los conocimientos creados y adquiridos por el ser humano (especialmente las humanidades) para aceptar que nuestra forma de vida se acaba y que nos necesitamos unos a los otros para afrontar lo que venga después.

La conclusión del libro supone una divagación del autor en la que éste acaba señalando la obviedad de que para que las cosas estén como están (que la realidad sea tal y como es ahora mismo), la historia del universo ha tenido que discurrir tal y como lo ha hecho, porque si hubiese habido algún cambio, habría diferencias. Esto parece evocar cierto determinismo, o cierto presentismo que, al final, supone tirar por tierra todo lo que ha dicho antes. Así que pasemos a las conclusiones, pero las mías.

Conclusiones

Puntos fuertes:
Donde el ensayo destaca positivamente en cuanto al planteamiento del problema y el resumen histórico que nos ha llevado hasta aquí. Scranton consigue explicar de manera clara, concisa y profunda cómo la utilización de combustibles fósiles nos ha llevado hasta donde estamos. Consigue también explicar por qué nuestra cultura, ahora mismo, es ya un cadáver y no debemos seguir aferrándonos a ella. También hace un gran papel mostrando que no hay una solución a la vista desde ninguna posición política.
El otro gran punto fuerte del ensayo es la enorme cantidad de datos que da para formar una perspectiva para el debate. Muchas veces nos quedamos en una defensa básica o superficial de la existencia del cambio climático porque no somos expertos en el tema y, aunque dominemos más o menos este problema, nuestros argumentos carecen de datos que los demuestren.

Puntos débiles:
El problema son las propuestas. El problema consiste en que no hay propuestas, y esto es lo peor del ensayo. Más allá de aceptar que no continuidad de la "cultura" occidental tardocapitalista, no hay nada.
El planteamiento de los problemas esbozados llevan a Scranton al derrotismo y al misticismo.
Cuando señala que ni desde el foco de las protestas (por su incapacidad para forzar un cambio), ni desde el foco del poder (por carecer de un marco conceptual ulterior al capitalismo), hay una solución viable, cae en una falacia. No es lo mismo una solución inadecuada, imperfecta, mejorable, que la ausencia de soluciones. Pero el autor no las ve porque no llega a criticar el capitalismo. Una organización económica distinta puede ser una solución incompleta, aunque cree otros problemas (que lo hará).
Al establecer las causas de la desaparición de las grandes manifestaciones y protestas, aunque está en lo cierto en señalar la complejidad económica como una forma de evitar las huelgas (al deslocalizar la producción energética), aunque ve claramente que buena parte de los presupuestos de los Estados se destina a atemorizar a la ciudadanía para desincentivar la protesta, y aunque identifica con agudeza el papel de las redes sociales como anestesia, se contenta con afirmar que el papel del pensador es retirarse de todos los estímulos sociales para no favorecer la cadena de vídeos, imágenes, sonidos, etc. que nos hacen reaccionar de manera inmediata y sin profundidad a los problemas del mundo. Es un poco triste reivindicar el papel de las humanidades en la creación de la nueva cultura que vendrá tras el colapso para decir que el papel de éstas durante el colapso es refugiarse. Triste y cobarde. Pero volvemos a lo mismo: es fruto de no ser capaz de ver más allá del marco del capitalismo. Porque también desde las humanidades se han creado los dispositivos culturales que han hecho cambiar el mundo. Y existen dispositivos así en nuestra sociedad (y si no, pueden inventarse). Pero Scranton no llega a más (quizás nunca pretendió llegar a más).
Otras cuestión es la responsabilidad que achaca a la mayoría de los seres humanos. Y, ojo, no es que no la tengamos. Pero la cuestión es la proporcionalidad tanto en el deterioro, como en responsabilidad. Me explico. Cuando Scranton afirma que a pesar de saber todo lo que implican nuestras costumbres y modos de vida seguimos comiendo carne, utilizando el coche, poniendo el aire acondicionado, etc., no tiene en cuenta que muchas de esas acciones no son voluntarias, o tenemos muy poco control sobre ellas. No puedo elegir si los productos que necesito para vivir vienen envueltos en plástico. Puedo preferir aquellos que no tienen mucho plástico, o que no tienen plástico innecesario, pero en mucho casos no tengo más opción que comprar aquello que viene envuelto en plástico. De la misma manera, no tengo control acerca de donde trabajo. Y, en muchos casos, eso implica la necesidad de un transporte privado, porque las redes de transporte público no están bien desarrolladas, porque los horarios no son compatibles o simplemente porque no puedo vivir más cerca de mi trabajo.
Por otro lado, esta contaminación y estos vertidos de CO2, no son comparables a los realizados por los más ricos. Aquellos, entre otras cosas, que deciden cómo ha de producirse, puesto que poseen los medios de producción y toman decisiones en base a su rentabilidad. Toda comparación es del todo injusta porque no puedo elegir en muchos casos si contribuyo o no al calentamiento global, ni mi grado de responsabilidad se equipara al de los más responsables.
En algún momento del ensayo afirma que participó en una marcha contra el cambio climático lleno de culpabilidad. Tengo que confesar que no entiendo este sentimiento. Por lo dicho anteriormente. Y eso no niega la responsabilidad individual. Pero simplemente no entiendo qué aporta a la toma de conciencia la culpa, si es que aporta algo.

¿Es un libro recomendable? Lo es. Los puntos fuertes del libro están muy bien asentados y son útiles. También es interesante acercarse a los puntos débiles para confrontar con ellos o extraer lo que se pueda de sus planteamientos.

Imágenes:

1ª imagen: Web de Errata Naturae
2ª imagen: Wikipedia
3ª imagen: elaboración propia (mi pasión es el diseño gráfico).


No hay comentarios:

Publicar un comentario

El caso Almería. Cuarenta años después

¿Qué ha pasado con el caso Almería? ¿Por qué ya no se habla de él? ¿Hay víctimas de primera y segunda categoría? ¿Qué aspectos de la transic...